Una de las cosas más extrañas de mis padres y una de las que más les admiro de hecho, es que a pesar de no tener una educación más allá de tercer año de primaria (mi papá), sabían cosas de todos los lugares del mundo. Entre cuentos, política, leyendas, costumbres, historia y mil otras cosas, su conocimiento inútil (o no tan inútil para una niña curiosa y ávida de libros y de información más nueva cada vez). Uno de esas cosas precisamente que me encantaban era otro de esos cuentos que casi nadie escuchaba en los 80’s en Monterrey, yo creo que en pocos lugares del mundo, de hecho… era un cuento japonés, que no sé de dónde rechinguiriminguiri sacó mi madre, pero que era genial de escuchar. Ahora es el que les comparto, pero conste, esta es una narración de esas buenas, no como mis chafas, para que ahora sí lean algo que vale la pena XDDD:
———————————————————————
Hoichi, el desorejado
Hace ya más de setecientos años que tuvo lugar, en los desfiladeros de Shimonoséki, en Dan-no-ura, el último combate de la grande y larga contienda que sostuvieron los Heikes, o tribu de Taira, con los Jenjis, o tribu de Minamoto. En esta batalla perecieron todos los Heikes, con sus niños y mujeres, e igualmente su joven emperador, recordado ahora con el nombre de Antoku Tenno. Y aquellos mares y aquellas costas han sido frecuentados sin cesar por las almas de las víctimas durante siete siglos… En otro lugar he escrito algo acerca de los rarísimos cangrejos que se crían allí, y que llaman “Heikegani”, a causa de que en sus lomos se dibujan rostros humanos, y de los que se dice que son los espíritus de los guerreros… [1] En aquellas costas se ven y se oyen cosas muy fantásticas. Durante las noches oscuras y lóbregas, miles de fuegos espectrales revolotean sobre las playas, o se deslizan rápidamente por encima de las olas, como si fueran pálidas y blanquecinas lucecillas, y a las cuales los pescadores llaman Oni-bi, o “fuegos endemoniados”. Y siempre que los vientos llevan la dirección de tierra, se oyen grandes alaridos, que proceden del mar, gritos e imprecaciones tan ruidosos, que parecen el clamor de una gran batalla.
Antiguamente los Heikes eran mucho más inquietos que ahora: acostumbraban a rodear los barcos que cruzaban por las noches sus dominios, y hacían todo lo posible por hundirlos. Si lo conseguían, atacaban a los náufragos, arrastrándolos hacia el fondo del mar. Con el fin de aplacar los espíritus de estos muertos fue edificado el templo budista de Amidaji, en Akamagaseki [2], y al lado de la iglesia se construyó un cementerio, muy cerca del mar. En él se erigieron monumentos, poniendo en ellos el nombre del emperador ahogado y de sus heroicos vasallos. Por las almas de los guerreros se celebraban en el templo, y con toda regularidad, infinidad de servicios y ceremonias budistas. Después que se terminó el templo, y luego de haber sido erigidas las tumbas de los Heikes, éstos ya no causaron tantos disturbios como anteriormente; pero, a intervalos, continuaron haciendo cosas raras y misteriosas, para demostrar que aún no habían hallado el estado de perfecta paz.
En Akamagaseki vivió, hace varios siglos, un cieguito llamado Hoichi, que era muy célebre por su gran habilidad en el arte de cantar poesías y de interpretar música en el biwa [3]. Desde su más tierna infancia fue educado para declamar versos y tocar el biwa, y siendo todavía mozalbete sobrepasaba ya en destreza y condiciones a sus maestros. Como profesional de este instrumento llegó a ser famoso, principalmente por sus recitados históricos de los Heikes y de los Jenjis. Dícese que cuando cantaba las tristes y evocadoras canciones del combate de Dan-no-ura “hasta los mismos duendes eran incapaces, de contener las lágrimas”.
En los albores de su artística profesión, Hoichi fue muy pobre; pero después encontró a un buen amigo que le prestó ayuda. El sacerdote del Amidaji sentía gran fervor por la música y por la poesía. Muy a menudo solía invitar al ciego para que diera representaciones poéticas en el templo. Más tarde, grandemente impresionado por el maravilloso dominio musical que poseía el cieguito, le propuso que hiciera su vida y fijase su residencia en el templo de Amidaji. Hoichi aceptó la oferta muy agradecido. El sacerdote le destinó una cámara para él solo. En pago de la alimentación y la morada, el cieguito no tenía otra obligación que la de alegrar con sus canciones los solitarios atardeceres de aquellos parajes, recitando leyendas musicales y siempre que no tuviera ninguna otra cosa que hacer.
Cierta noche, durante un verano, el sacerdote recibió aviso para ir a representar una ceremonia budista en casa de un feligrés suyo que había fallecido. Marchó acompañado de un acólito, quedando en el templo solamente Hoichi. La noche era muy calurosa, y el cieguito buscó el fresco yendo a sentarse bajo el pórtico, que daba frente a su dormitorio. Desde el pórtico se distinguía perfectamente un diminuto jardín que rodeaba la parte zaguera del Amidaji. Hoichi se acomodó en aquel sitio y esperó la vuelta del sacerdote. Para distraer su soledad ensayó en el biwa algunas canciones. Transcurrió la media noche, y su protector no había regresado. Mas como el viento era demasiado sofocante aún, permaneció sentado. Poco tiempo después oyó pasos hacia la puerta trasera. Alguien atravesaba el jardín, avanzando hacia el pórtico, y se detenía frente a Hoichi; pero no era el sacerdote. Una voz profunda y sonora llamó por su nombre al trovador, y lo hizo de un modo áspero y descortés, de la misma manera que lo hacen los samurais cuando dan órdenes a sus inferiores.
—¡¡Hoichi!!…
Éste se asustó, y durante el primer momento no pudo responder. Y la voz habló de nuevo, en tono de áspero mandato:
—¡¡Hoichi!!…
—Hai! —respondió el músico, temblando ante la amenaza que se adivinaba en el metal de aquella voz—. ¡Soy ciego… y no puedo saber quién me llama!…
—¡No temas nada! —exclamó de un modo más benigno el recién llegado—Estoy parado en un lugar cerca de esta iglesia, y me ordenaron traeros un mensaje. Mi señor actual, que es una persona de elevadísima alcurnia, ha llegado a Akamagaseki y trae una numerosa corte de servidores nobles. Mi señor deseaba visitar el sitio donde se verificó la famosa batalla de Dan-no-ura, y hoy lo ha recorrido. Hace tiempo que oyó hablar de tu destreza en el manejo de biwa y tus dotes poéticas en los recitados de los combates, y quiere oírte. Por lo tanto, prepara el instrumento y ven conmigo ahora mismo, que vamos a la casa en que está esperándonos la augusta reunión.
En aquellos tiempos era temerario tratar de resistirse a las órdenes de un samurai. Considerando esto, el cieguito se calzó las sandalias, tomó el biwa y marchó con el enviado, quien le conducía bien, pero haciéndolo ir muy de prisa. La mano del guía era de hierro, y el rechinar de sus pasos demostraba que iba perfectamente armado: quizás sería algún centinela del palacio… Y las primeras alarmas de Hoichi desaparecieron; empezó a imaginar que el suceso traería buenas consecuencias para él, pues recordaba la afirmación del samurai acerca de “una persona de elevadísima alcurnia”, y dio en pensar que el señor que tanto empeño demostraba en oírle sería, cuan menos, un daimio de las primeras clases. En aquel instante el samurai se detuvo, y el trovador supo que habían llegado a una gran puerta, y se quedó estupefacto, porque no recordaba que en aquella parte de la ciudad hubiera una gran puerta, excepto la puerta principal de Amidaji.
—¡Kaimon!…(Término respetuoso, que significa “abrid la puerta”. Era usado por los samurais cuando llamaban a los guardas para pedirles admisión por la puerta de los señores) —exclamó el samurai. Y se oyó desatrancar una puerta, abierta la cual, ambos pasaron dentro. Cruzaron un espacio de jardín y se detuvieron de nuevo delante de alguna entrada.
El acompañante gritó en voz alta:
—¡Venid aquí…! ¡He traído a Hoichi!…
Y sonaron ruidos de pasos rápidos, de biombos que se descorrían de balcones que abrían sus vidrieras, de voces femeninas que hablaban apresuradamente… Por el lenguaje de las mujeres conoció el cieguito que debían pertenecer a la servidumbre de una casa noble; pero no pudo adivinar a qué sitio le habían conducido. Poco tiempo tuvo para hacer conjeturas. Después de ayudarle a subir varios escalones de piedra, sobre el último de los cuales le mandaron dejar las sandalias, que se quitó con gran cuidado, sintió que las manos de una mujer le guiaban a través de interminables distancias de entarimados lisos y columnatas y sobre maravillosas anchuras de pisos esterados, que debían ser las vastas extensiones de algún colosal departamento… Al llegar, percibió una gran reunión de personas, y el crujir de las sedas remedaba el zumbido de las hojas de un bosque. También oyó el mosconeo de muchísimas voces, que hablaban en tonos reposados, y por las palabras que hablaban supuso que eran gentes principales.
Dijeron a Hoichi que tomara acomodo en el cojín que le habían preparado, y se sentó.
Después que templó su biwa, la voz de una mujer, que el ciego se imaginó sería la “Rojo”, o directora de los servicios femeninos, se dirigió al trovador y le habló así:
—Es necesario que recites la historia de los Heikes, acompañando los versos con el biwa…
Mas la recitación completa requería varias sesiones, por lo que Hoichi se atrevió a decir:
—Como la historia entera es bastante larga, ¿qué parte de ella quiere oír el augusto auditorio que va a hacerme el honor de escuchar?…
La voz femenina respondió:
—Canta la que se refiere a la batalla de Dan-no-ura, que es la parte de mayor emoción [4].
Hoichi elevó su hermosa voz y cantó el romance del combate librado en el áspero y rugiente mar. Su biwa imitaba de un modo asombroso el voltear de los remos, las embestidas de las embarcaciones, el aleteo y el silbar de las flechas, los gritos, las imprecaciones y el correr de los hombres, el estrépito de los aceros al chocar contra los morriones y las celadas de las armaduras, el ruido seco que hacían los cadáveres al sumergirse para siempre en las furiosas y encrespadas olas…
A un lado y a otro, durante las pausas, oía exclamaciones de encanto y alabanza por su trabajo:
—¡Es un artista maravilloso!…
—¡En nuestra provincia nunca hubo un músico tan grande como éste! ¡Ni en todo el Imperio hay un cantor que pueda igualarse con Hoichi!…
Al darse cuenta del entusiasmo que producía, adquirió un nuevo vigor, y tocó y cantó aún mejor y con más bríos que la vez anterior. Y a su alrededor se hizo un silencio de profunda veneración y respeto. Cuando, al final, empezó a describir el trágico destino de las mujeres y los niños, y la risueña muerte de Nii-no-Ama teniendo en sus brazos al emperador niño, los oyeron profirieron un prolongado grito de angustioso dolor, y desde aquel momento lloraron y gimieron tan ruidosa y desesperadamente, que el ciego tembló al considerar la violencia de la pena que había causado en los circunstantes. Los gemidos y los sollozos continuaron durante bastantes minutos. Poco a poco dejaron de oírse los ecos de las lamentaciones. Y de nuevo, en medio del gran silencio que siguió después, Hoichi oyó a la que él creía la “Rojo”:
—Aunque ya habían llegado a nuestro conocimiento que eras un diestro tocador de biwa y sin igual en el arte de recitar, jamás pudimos suponer que fueras tan habilidoso como ahora has demostrado serlo. Nuestro augusto señor está muy complacido de ello, y desea conferirte una recompensa digna de tus grandes méritos. Pero quiere también que vengas durante seis noches seguidas, al transcurrir las cuales piensa regresar al palacio. Mañana, y a la misma hora, habrás de volver. El criado que hoy te ha conducido hasta aquí te irá a buscar… Hay otro asunto del que tengo orden de informarte: durante el tiempo que nuestro augusto señor permanezca en Akamagaseki no hablarás absolu- tamente a nadie de tus visitas a esta casa. Nuestro augusto y gran señor viaja de incógnito y ha mandado que no se haga pública su estancia… Y ahora eres libre de regresar al templo…
Después que Hoichi dio cumplidas gracias por el ofrecimiento de la recompensa, una mano delicada y juvenil le condujo hasta la entrada de la casa, y desde allí el enviado le llevó al templo. Una vez llegados al pórtico se despidieron, y el samurai desapareció…
Cuando regresó el cieguito casi despuntaba ya la aurora; pero no se notó su ausencia, porque el sacerdote había vuelto muy tarde y le creyó durmiendo. Durante el día, Hoichi pudo gozar de algún reposo. Nada dijo de su fantástica aventura. Al llegar la siguiente noche, el mismo samurai vino a buscarle. En la augusta reunión obtuvo el mismo gran éxito de su recital anterior. Pero durante la segunda visita fue notada su ausencia del templo a causa de una circunstancia fortuita. Al regresar por la mañana, fue llevado ante el sacerdote, el cual, en tono cariñoso, le dijo:
—Mi querido amiguito Hoichi: hemos estado intranquilos. Salir tú solo a tales horas, ciego como estás, es muy peligroso. ¿Por qué no nos lo has dicho?… Hubiera ordenado que te acompañaran. ¿Dónde estuviste?…
El músico de un modo evasivo, respondió:
—¡Perdonadme, cariñoso amigo! Tenía que arreglar varios asuntos particulares. No puedo hacerlo a otra hora…
La reticencia de Hoichi causó más sorpresa que pesar en el ánimo del buen sacerdote. No le parecía natural, y sospechó algún extravío. Se imaginaba que el cieguito había sido embrujado o alucinado por los malos espíritus. Nada más le preguntó; pero hizo llamar a sus criados y les comunicó órdenes secretas para que vigilasen los movimientos de Hoichi, siguiéndole si volvía a dejar el templo al llegar la próxima noche.
Y en efecto, el músico fue visto al salir del templo. En seguida, los sirvientes encendieron sus linternas y se dispusieron a seguirle. Pero la noche era oscura y muy lluviosa, y antes de que ellos pudieran llegar a la carreterar ya había desaparecido el trovador. Evidentemente, había caminado muy de prisa, y esto era una cosa bien extraña, teniendo en cuenta su ceguera y el pésimo estado del camino. Los criados cruzaron con rapidez calles y más calles, preguntando en todas las casas que acostumbraba a visitar Hoichi; pero no supieron darles noticia alguna.
Regresaron al templo siguiendo el camino de la costa. Y de repente quedaron asombrados al oír los acordes de un biwa que sonaba de un modo furioso en el cementerio del Amidaji. Exceptuando algunos fuegos fatuos, cosas usuales en estos parajes, y más que nunca en las noches tormentosas, todo era oscuridad en aquella dirección. Se apresuraron a entrar en el cementerio. Y por medio de las linternas que llevaban pudieron descubrir a Hoichi. La lluvia caía incesante sobre él. Estaba solo y, sentado delante de la tumba inmemorial de Antoku Tenno, rasgueaba con gran pasión las cuerdas de su biwa y al mismo tiempo cantaba desaforadamente los versos de la batalla de Dan-no-ura. Y detrás de él, y delante, y a su alrededor, ardían las llamas espectrales de los muertos, y parecían velas mortecinas, aunque no despedían luz, porque estos fuegos no proyectan resplandores sobre las superficies… Jamás ningún huésped de Oni-bi se presentó a la vista de un ser humano con mayor grandeza evocativa…
—¡Hochi-San! ¡Hoichi-San! —gritaron los sirvientes—. ¡Hoichi-San!…
Más el ciego pareció no oírles. Golpeó vigorosamente su instrumento y repiqueteó el biwa con gran fuerza, y a cada instante cantaba con más brío y con más nerviosidad la canción de la batalla…
—¡Hoichi-San! ¡Hoichi-San! ¡Venid con nosotros!…
Pero él respondió, con malos modos:
—¡No puede tolerarse el que me interrumpáis de una manera tan desvergonzada estando delante de una reunión de tan nobles y augustas personas!…
Al escuchar esto, y a pesar de lo terrorífico del caso, los sirvientes no pudieron contener la risa. Indudablemente estaba embrujado. Se sentaron a su lado, y después de grandes trabajos lograron llevarle al templo, donde le despojaron de sus vestidos, que estaban empapados de agua. Por mandato del sacerdote le hicieron comer y beber. Después le exigió una explicación completa acerca de las causas de su fantástica conducta.
Hoichi dudó largo rato entre hablar y callarse; pero viendo que su conducta tenía realmente alarmado al buen sacerdote, decidió explicarse con claridad. Y refirió todo lo que le había ocurrido desde la noche en que recibió la primera visita del samurai.
El sacerdote le dijo:
—¡Hoichi, mi amigo Hoichi! ¡Te encuentras en un gran peligro! ¡Qué desgracia! ¿Por qué no me lo has dicho antes?… Tu maravillosa destreza en el arte de la música te ha llevado ciertamente a un extremo bien lastimoso. Y ahora es preciso que sepas que no has estado visitando ninguna casa, sino que pasaste las noches entre las tumbas de los Heikes. Cuando te vieron los sirvientes estabas delante de la tumba inmemorial de Antoku Tenno. Todo lo que has imaginado no era más que una ilusión de tus pensamientos, excepto la llamada de los muertos. Mas, por haberlos obedecido una vez, estás voluntariamente en su poder. Si los obedeces de nuevo después de lo que ya ha ocurrido, destrozarán tu cuerpo, haciéndote infinidad de pedacitos. Pues en cualquier caso terminarán por asesinarte… Me es imposible acompañarte esta noche. He recibido aviso para ir a prestar un servicio religioso. Pero antes de irme haré lo necesario para proteger tu cuerpo escribiendo textos piadosos sobre él.
A la hora del crepúsculo, el sacerdote y su ayudante desnudaron al trovador, y, valiéndose de unos pinceles, le trazaron en el pecho, en la espalda, en los labios, en las manos y en las piernas, en fina, hasta en las plantas de los pies, el texto piadoso del sutra llamado Hannya-Shin-Kyo [5]. Cuando terminaron esta operación el sacerdote dijo a Hoichi:
—Esta noche, poco tiempo después de que yo marche, te irás a sentar en el pórtico, y esperas allí. Probablemente vendrá una voz y te llamará; pero, ocurra lo que ocurra, no contestes ni te muevas. Seguirás sentado y sin hablar, y en actitud meditabunda. Si te agitas o haces algún ruido, serás partido en dos trozos. No temas nada, ni tampoco intentes pedir ayuda, porque ninguna ayuda humana podría salvarte. Si cumples todas las instrucciones según te las doy, el peligro desaparecerá y no tendrás nada que temer de aquí en adelante.
Llegada la noche, el sacerdote y su acólito salieron; Hoichi fue a sentarse en el pórtico. Dejó su biwa en la tarima, y, adoptando una actitud reflexiva, permaneció enteramente quieto, cuidando de no toser ni respirar de un modo perceptible. Así transcurrieron varias horas.
Hasta que al fin oyó ruido de pasos que se acercaban. Sintió cruzar la puerta, hacia el jardín, y notó que se aproximaban al pórtico, deteniéndose frente a él.
—¡Hoichi!… —gritó la voz profunda. Mas el cieguecito contuvo su respiración y quedó inmóvil.
—¡Hoichi!!…
Pero el cantor seguía mudo y tan silencioso como una piedra. Y la voz gruñó sordamente:
—¡No contesta!… ¡Pues nunca ha hecho eso!… ¡Veamos dónde está el individuo!
Se oyó el ruido acompasado de unos pies que subían hacia el pórtico y se detuvieron cerca de Hoichi. Durante varios minutos reinó un silencio de muerte. El músico sintió que su cuerpo se estremecía y que su corazón latía desordenadamente. Por último, la agria y rudísima voz susurró en los mismos oídos del cieguecito:
—¡Aquí está el biwa! ¡Pero del trovador no veo más que sus dos orejas!… ¡Ahora ya está explicado por qué no contestaba: no puede hablar porque no tiene boca; de él no han quedado más que las dos orejas!… ¡Y yo debo llevar estas orejas a mi señor para demostrarle que su augusta orden ha sido cumplida en lo posible!
En aquel instante Hoichi sufrió un dolor agudísimo; sus orejas fueron atenazadas, y… ¡ras!, desaparecieron las orejas… No dio el menor grito. Oyó retroceder los pies, que caminaban a lo largo del pórtico, bajaron al jardín, salieron a la calle, y… cesó de oír aquel ruido fantástico.
De ambos lados de la cabeza del trovador manaba la sangre en abundancia, y sintió un cálido goteo; pero no se atrevía a levantar las manos…
El sacerdote regresó antes de salir el sol. Fue directamente hacia el pórtico, y se detuvo, pues había resbalado sobre algo viscoso, y profirió un grito de horror. Con la luz de su linterna acababa de observar que la viscosidad era un gran chorro de sangre coagulada, y contempló a Hoichi, sentado aún y en actitud meditabunda, conforme le ordenara al marchar. De sus heridas seguía cayendo la sangre.
—¡Pobre, pobrecito Hoichi! —gritó aterrado el sacerdote—. ¿Qué es esto?… ¿Estás herido?…
Al reconocer la voz de su amigo, el músico se sintió en salvo. Y rompió en sollozos desgarradores. Y le refirió el terrible suceso nocturno.
—¡Pobre, pobre Hoichi! ¡Y ha sido culpa mía! ¡Mi grande y tremenda culpa!… ¡Por todas las partes de tu cuerpo había puesto infinidad de textos sagrados, por todas partes menos en las orejas!…
Confié a mi acólito el que hiciera esa operación, y ha sido mi falta, mi verdadera gran falta, el no haber inspeccionado la forma en que lo había hecho.¡Pero ya no tiene remedio!… Solamente nos queda el tratar de curar tus heridas del mejor modo que esté a nuestro alcance… ¡Ánimo!…, querido amiguito… El peligro desapareció para siempre. Ya no volverás a recibir la visita de aquellos fantasmas…
Con la ayuda de un buen médico, Hoichi se curó bien pronto de sus heridas. La historia de su terrorífica aventura se divulgó por todas las regiones comarcanas, y se hizo muy famoso. Centenares de nobles llegaban a Akamagaseki para oír al cieguito. Y Hoichi recibía grandes regalos de dinero, y llegó a ser un hombre de gran fortuna. Pero desde el día de su aventura fue conocido por el sobrenombre de Mimi-Nashi-Hoichi, “Hoichi el desorejado”.
——————————————————————-
Yo sigo insistiendo en que es culpa de mi madre el que me gusten las cosas japonesas gracias a historias como estas que me contaba, pero ella lo sigue negando XDDD.
De cualquier manera, Hoichi me parece como que uno de los cuentos típicos japoneses fuera de Japón, de esos que casi todos conocemos hoy en día, y que si no, deberíamos de conocer. Y ahora les comparto con todo el cariño del mundo esta historia para que la conozcan, que de hecho, siguiendo los parámetros de las historias antiguas, raramente tienen un final feliz T^T, pero sigue siendo una linda historia de fantasmas, que vale la pena leer.
Creo que ya les he puesto demasiado gorro hoy, así que por el momento los dejo. Gracias por leer!
Un beso!
M. Meow, off.